PEQUEÑOS PLACERES
¿Cuántos momentos de delicia nos pasan inadvertidos al cabo de nuestra vida? Todos ellos distraídos por las prisas, por la rueda de la vida que nos obliga a no parar…
Pero, no es necesario disfrutar de un importante poder adquisitivo para disfrutar de los “pequeños Placeres”: una puesta de sol en una playa sin gente, despertar con el canto de un pájaro en el alfeizar de tu ventana, ordenar el cajón desastre y reencontrarte con fotos de tu “yo” pasado y recordar y revivir…, el sabor, el aroma y calor de un café… ¡Ah, un café…!
Una tarde de domingo, en casa de tus padres y con todos tus hermanos, adolescentes, en casa, algo inaudito, decidís tomar un café hecho en esa cafetera vetusta, casi prehistórica, regalo de bodas a tus padres de una tía cicatera, que de puro vieja tiene el asa erosionada y medio comida por el calor del fuego y, aunque el café sabe a rayos y centellas porque la pensión de tus padres no da más que para llenar la cesta de la compra con productos de oferta, ese sabor es tuyo, de tu infancia, familiar... Y te sientes arropada.
Todos sentados alrededor de la mesa. Los más jóvenes deseando que acabe la sobremesa, para marcharse con sus amigos; ya se sabe, a esa edad, cualquier lugar es mejor que tu casa. Pero de repente, mi padre, nacido en plena posguerra civil en un pequeño y deprimido pueblito de Murcia, se siente inspirado y de buen humor, cosa anecdótica en él, y se decide a contarnos algunas de sus correrías de chiquillo (o zagalico, como se dice en Murcia) que más que correrías eran auténticas técnicas de supervivencia en unos años tan difíciles de nuestra historia más reciente.
Se entusiasmaba cada vez que nos hablaba de su niñez y los esfuerzos titánicos de él y su familia por, apenas poder comer una vez al día (con suerte); se vanagloriaba de sus pillerías a los vecinos, a los que robaba del huerto, cualquier cosa para poder llevarse algo a la boca pero, cada vez que escuchábamos uno de sus relatos, nosotros pensábamos que era el mayor exagerado del “mundo mundial” pero, el colmo de la exageración era lo que ese día nos contó:
Fue el día en que Antoñico, que así se llamaba mi padre, y su hermana, Isabelica, tomaban su primera comunión.
Mi abuela tuvo que pedir prestados a un vecinito, un viejo y desgastado, pero decente, trajecito y unos zapatos. Ambas cosas le quedaban enormes a mi pobre padre, que estaba más flaco que el perro del afilador, que se comía las chispas pa’ echarse algo caliente al cuerpo. Mi abuela en su orgullo de madre, pretendía gastarse las pocas perras chicas de las que disponía en tener una única y costosa foto de sus dos hijos el día de su comunión. Pero la díscola de mi tía no estaba por la labor de posar para la posteridad…
Por más que mi abuela le rogara, le amenazara o intentara chantajear, la caprichosa niña no quiso pararse para el fotógrafo que, apremiante, daba un ultimátum a la familia. El retratista insistió por última vez, ya que era domingo de comuniones y su “agosto” particular, al ser el único fotógrafo de la comarca.
De nada sirvió insistir e intentar negociar con la testaruda Isabelica y los pequeños y ajados pies de mi padre, llenos de grietas, cortes, callos y magulladuras volvieron a quedar desnudos, como de costumbre…
-De todas formas, los zapatos comenzaban a molestarme, -se auto convencía… y el trajecito que le sobraba por los cuatro costados, también le fue devuelto a su dueño quien apremiante pedía sus pertenencias, porque él mismo debía tomar la comunión y también hacerse la foto que dejaría constancia de aquel importante evento.
Pero de repente, la insufrible de mi tía cambió de parecer, por fin accedió a posar para la fotografía, con su trajecito blanco, también préstamo de otra alma caritativa, y que también le estaba exageradamente grande. Pero el traje y los zapatitos destinados a mi padre ya andaban muy lejos de allí…
El fotógrafo a tenor de lo ocurrido y por lástima de mi pobre abuela, accedió a perder unos minutos más de su preciado tiempo y por fin realizar el retrato. Finalmente, el curtido, enclenque y flaco de mi padre tuvo que posar descalzo y con su raída ropa, llena de remiendos y pedazos de tela intentando tapar los agujeros de la pobreza, los abismos que el hambre dejaba en la ropa, en la piel y en el alma. También posó su querida hermana, con su bonito aunque grande trajecito blanco aunque prestado. Por fin, y después de un gran disgusto y muchos aspavientos, mi abuela tenía su fotografía…
Cuando mi padre acabó de contarnos esta historia, nuestros rostros tenían claras evidencias de incredulidad, todos pensamos: ¡tremendo juglar está hecho mi padre!
Sorbimos nuestro café, que se había quedado frío, muy frío, y dimos el último bocado a la pastita de té que se había quedado a medias. Sí, el café se había enfriado, pero había merecido la pena, a pesar del “cuento chino” que nos había contado…
Mis hermanos, osados e inexpertos adolescentes, maduros por nacer, no creyeron una sola palabra de lo escuchado. Yo, que soy la mayor pensé que mi padre había contado la verdad, pero adornada, exagerada y teatralizada, para mantener la atención de todos, que era algo que a mi padre le encantaba, cuando estaba de buen humor.
El perfume de viejas historias de posguerra, de miseria y hambre, algo lejano, abstracto e inimaginable para nosotros, envolvió de repente en un halo de melancolía a mi padre. A nosotros, la generación de los videojuegos, las historietas del pequeño y pícaro Antoñico nos entretuvo durante un buen rato.






cai-man dijo
Cuento chino?... seguro?? No hace ni 60 años que en este pais esto que cuentas era la cosa mas comun del mundo. Es mas, yo creo que los hombres y mujeres que lo componemos ahora, somos consumidores compulsivos, porque aun tenemos cercano el aliento del hambre en nuestra nuca.
Bonitos recuerdos los tuyos, y bonitos sabores los que desprendes de ellos.
13 Febrero 2008 | 12:56 AM